Defender una revolución desde la seguridad de una democracia exige preguntarse qué ocurriría con esa misma libertad bajo el sistema que se reivindica. Desde España se puede criticar al Gobierno, organizar una protesta o pedir un cambio profundo de sociedad. Quien propone como alternativa un régimen comunista de partido único debería explicar qué garantías conservaría para hacer lo mismo si ese régimen llegara al poder.

Las pintadas aparecidas en la base del Oso y el Madroño durante la acampada de Sol, entre ellas símbolos que la prensa relacionó con movimientos comunistas y anarquistas, sirven como punto de partida para esa reflexión. [1] Una pintada no permite saber cuánto conoce su autor sobre historia. Pero los símbolos políticos llevan consigo una responsabilidad: examinar también las experiencias que resulta incómodo asociar con ellos.

La crítica alcanza a una forma de idealización: celebrar la promesa de igualdad mientras se aparta de la conversación a quienes padecieron la represión, la escasez o el exilio. Cuando esa defensa se hace desde una posición protegida de sus consecuencias, conviene escuchar especialmente a quienes tuvieron que vivirlas. La distancia permite convertir en una idea atractiva lo que para otra persona fue una vida condicionada por el miedo.

La URSS ofrece motivos suficientes para desconfiar de esa nostalgia. Bajo Stalin, el Estado deportó familias enteras y utilizó el trabajo forzado como instrumento de castigo y explotación. En Nazino, una isla de Siberia, miles de deportados fueron abandonados en 1933 sin medios suficientes para sobrevivir. La investigación del historiador Nicolas Werth documenta hambre, muertes masivas y casos de canibalismo. [2] Recordarlo obliga a preguntarse cuánto puede valer una promesa de emancipación cuando el poder trata a personas concretas como prescindibles.

La historia soviética incluyó avances industriales y científicos, y sus distintas etapas no pueden reducirse al estalinismo. También incluyó censura, persecución de disidentes y un sistema económico que terminó mostrando graves problemas de estancamiento e ineficiencia. [3] La URSS se disolvió en 1991 por una combinación de factores económicos y políticos. [4] Sus logros no resuelven la objeción fundamental: una población necesita poder fiscalizar a sus dirigentes y corregir sus decisiones sin exponerse a represalias.

Cuba muestra otra dimensión de esa distancia entre el discurso y la vida cotidiana. El Programa Mundial de Alimentos reconoce los avances históricos de sus servicios básicos universales, pero describe también una crisis de poder adquisitivo y dificultades para acceder a una alimentación suficiente y variada, agravadas por el embargo y otros factores. [5] Para una familia, la calidad de vida depende de poder cubrir esas necesidades cada día. La continuidad de una revolución importa poco si sus promesas no se traducen en condiciones dignas.

A esas dificultades se suma el problema de reclamar cambios. Tras las protestas de julio de 2021, el Comité contra la Tortura de la ONU pidió investigar detenciones arbitrarias, uso excesivo de la fuerza y malos tratos. [6] Resulta difícil presentar ese modelo como emancipador mientras se resta importancia a lo que les ocurre a quienes protestan dentro de él. La libertad que permite defender al Gobierno cubano desde España debería exigirse también para criticarlo en Cuba.

El chavismo venezolano, cuyo modelo económico es distinto del soviético, permite plantear una pregunta semejante. Un estudio del FMI estimó que la economía perdió alrededor de tres cuartas partes de su tamaño entre 2013 y 2021. Describió el deterioro de servicios básicos y la salida de millones de personas. [7] Ese fracaso se entiende mejor al pensar en lo que significa perder ingresos, dejar de recibir una atención adecuada o marcharse lejos de la familia que al discutir únicamente etiquetas ideológicas.

La mala gestión económica contribuyó a esa catástrofe. También las sanciones agravaron una crisis que ya existía, como señaló la oficina de derechos humanos de la ONU. [8] Reconocer las causas externas forma parte de una explicación seria; no elimina las responsabilidades internas. Mucho menos justifica las detenciones arbitrarias y torturas documentadas por la misión independiente de la ONU en 2024. [9]

Estos casos tienen historias, instituciones y circunstancias diferentes. El fracaso que merece atención se encuentra en el incumplimiento de promesas de bienestar y en la falta de garantías para exigir responsabilidades. Un gobierno puede mantenerse durante décadas y haber fracasado en proteger a parte de su población. Su supervivencia demuestra capacidad para conservar el poder; por sí sola, no demuestra que la gente viva bien.

Por eso resulta insuficiente responder a cualquier crítica con que aquellos países nunca alcanzaron el comunismo verdadero. Distinguir la teoría de su aplicación es razonable. Después queda una pregunta pendiente: ¿qué impediría que un nuevo intento volviera a concentrar el poder y a perseguir a quienes cuestionaran sus resultados? La respuesta necesita instituciones y límites concretos, además de buenas intenciones.

Tampoco basta con señalar las injusticias del capitalismo. La precariedad, la desigualdad o la dificultad para acceder a una vivienda merecen soluciones. Precisamente quienes sufren esos problemas necesitan conservar herramientas para defenderse: información independiente, asociaciones libres, tribunales capaces de limitar al poder y la posibilidad de sustituir a sus gobernantes.

Para España, reivindicar modelos que debilitan esas garantías supone proponer un riesgo que deberían explicar sus defensores. Una sociedad más justa necesita ampliar la capacidad de las personas para decidir sobre su vida. Entregar más poder a una autoridad difícil de controlar exige algo más que confiar en que esta vez actuará bien.

La posición acomodada que merece crítica es la que permite tratar las consecuencias ajenas como un detalle secundario de una causa propia. Puede existir a cualquier edad y con cualquier nivel de ingresos. Aparece cuando la fidelidad a una ideología pesa más que el testimonio de quienes sufrieron bajo los gobiernos que la invocaban.

Quien reivindique esos regímenes debería estar dispuesto a escuchar a sus víctimas con la misma atención con la que escucha sus promesas. Defender la igualdad exige tomarse en serio la vida concreta de las personas, incluida su libertad para discrepar. Una revolución vista desde lejos puede parecer heroica. La pregunta decisiva es qué espacio deja para vivir a quienes tienen que soportar su poder de cerca.