Cuando pienso en la vida extraterrestre, me inquieta más la posibilidad de estar solos que la existencia de una civilización mucho más avanzada. Entiendo el miedo a lo desconocido: alguien capaz de llegar hasta nosotros podría tener intenciones que no comprendemos. Pero imaginar un universo sin nadie con quien compartir nuestras preguntas me resulta todavía más desconcertante. Una amenaza permite pensar en cómo actuar. Ante una soledad absoluta, me preguntaría incluso por qué existimos.

La ciencia todavía no ha resuelto esa cuestión. Hemos descubierto miles de planetas fuera del sistema solar, pero no tenemos evidencia confirmada de vida extraterrestre. Ese desconocimiento deja abiertas muchas posibilidades. La inmensidad del universo no demuestra que haya otros seres; tampoco la ausencia de señales demuestra que no los haya. Parto de esa incertidumbre para preguntarme qué significaría cada escenario para nosotros. [1]

Si fuéramos la única civilización, me costaría asumir que toda esa inmensidad estuviera fuera del alcance de cualquier otra mirada semejante a la nuestra. ¿Seríamos una excepción? ¿Un accidente de la naturaleza? ¿Algo que llamaríamos, desde nuestra inquietud, un «error»? No creo que podamos responder científicamente si nuestra existencia tiene un propósito. La propia palabra «error» supone un resultado que debería haber sido distinto. La utilizo como expresión de extrañeza: resulta difícil imaginar que tantas posibilidades no hayan dado lugar a nadie más con quien hablar.

Encontrar microbios, o incluso animales en otro mundo, transformaría nuestra comprensión de la vida. Sin embargo, si no hubiera otras civilizaciones capaces de intercambiar ideas con nosotros, una parte de esa soledad permanecería. No hace falta negar la inteligencia o la experiencia de otros animales para reconocer esa diferencia. Lo que busco al imaginar a otros seres es también una conversación: conocer una cultura que no proceda de la nuestra, escuchar otra explicación del mundo, descubrir qué preguntas se harían ellos.

Precisamente por ese deseo me atrae y me incomoda la hipótesis del bosque oscuro, popularizada por la novela de Liu Cixin. Plantea un universo donde las civilizaciones evitan revelar su existencia por miedo a ser destruidas. La supervivencia dependería de permanecer ocultas, y la incertidumbre sobre las intenciones ajenas podría favorecer el ataque preventivo. Es un escenario especulativo, no una explicación comprobada del universo. Aun así, obliga a pensar en las consecuencias de hacerse visible. [2]

Me resulta convincente porque reconozco en él comportamientos humanos: la desconfianza, la competencia, la guerra, la tentación de adelantarse al enemigo. Pero esa semejanza también es su límite. No sabemos qué evolución, necesidades o formas de convivencia tendría otra civilización. Quizá proyectamos nuestra historia sobre seres que ni siquiera conocemos. Una mayor capacidad tecnológica no nos permite deducir una mayor agresividad. Tampoco nos asegura bondad. Ambas conclusiones irían más allá de lo que sabemos.

En Sapiens, Yuval Noah Harari relaciona nuestro rápido ascenso en la cadena alimentaria con una inseguridad que el poder no habría resuelto. Escribe que «estamos llenos de temores y ansiedades sobre nuestra posición», en traducción propia del fragmento publicado en su web. [3] Esa interpretación de nuestra historia me hace pensar en el bosque oscuro: quizá imaginamos que otra civilización querría destruirnos porque reconocemos en nosotros el miedo a perder el dominio. ¿Seríamos capaces de concebir una inteligencia cuyo poder no naciera de la conquista? Antes de conocer a otros, nuestras respuestas también nos retratan.

Por eso preferiría actuar con prudencia y evitar divulgar deliberadamente nuestra presencia hasta disponer de información suficiente para valorar un contacto. Esa reserva sería una aspiración, no la garantía de que podamos volvernos invisibles o de que nadie nos haya detectado ya. Tampoco esperaría una seguridad absoluta: probablemente nunca podríamos conocer todas las consecuencias. La cuestión sería qué grado de incertidumbre estamos dispuestos a aceptar y quién tendría derecho a decidirlo.

Una respuesta enviada en nombre de la Tierra podría afectar a todos. Me parecería insuficiente que dependiera únicamente de quien dispusiera del transmisor adecuado. Los principios SETI recomiendan verificar una posible detección y realizar consultas internacionales antes de responder. Son orientaciones para quienes participan, no una ley mundial, pero expresan una preocupación que comparto: una decisión de esa magnitud necesita responsabilidad colectiva. [4]

También me inquieta un escenario menos amenazante: que existan civilizaciones pacíficas y nunca podamos encontrarnos. Ni siquiera hace falta situarlas en otra galaxia; las distancias entre estrellas ya pueden separar un mensaje de su respuesta por generaciones. A cien años luz, una señal tardaría cien años en llegar y una contestación inmediata otros cien en volver. Saber que alguien existe podría cambiarlo todo, mientras una conversación seguiría fuera del alcance de quienes iniciaron el contacto.

Viajar muy cerca de la velocidad de la luz añadiría otra dificultad. La relatividad especial describe cómo, en un viaje de ida y vuelta, puede transcurrir menos tiempo para los viajeros que para quienes permanecen en la Tierra. Es el desfase asociado al movimiento; la relatividad general también estudia los efectos de la gravedad sobre el tiempo. Una nave con masa podría acercarse a la velocidad de la luz, pero no alcanzarla. [5]

Para dar una medida de ese desfase, imaginemos una ida y vuelta al 99,5 % de la velocidad de la luz respecto a la Tierra: quince años a bordo equivaldrían aproximadamente a ciento cincuenta años aquí. Es un cálculo idealizado que desprecia las fases de aceleración, frenado y giro, y los efectos gravitatorios. Ilustra la dilatación temporal, no una capacidad de nuestras naves actuales. [6]

Imagino regresar después de esos quince años y encontrar una Tierra donde ya no estén las personas con quienes quería compartir lo descubierto. Durante ese siglo y medio, la humanidad podría haber construido instrumentos más precisos o encontrado otras formas de realizar mi misión. Quizá mis resultados respondieran a preguntas que ya estuvieran resueltas. ¿Estaría dispuesto a abandonar mi época sin saber si el futuro seguiría necesitando lo que fui a buscar?

La posibilidad de que una misión quede superada por otra tiene antecedentes en la investigación. En un estudio de 2017, René Heller analiza cuándo una sonda lanzada después, con mayor velocidad, podría llegar antes al mismo destino. Ese dilema es especialmente relevante para viajes inicialmente más lentos: cerca de la velocidad de la luz, el margen de mejora se estrecha. El estudio explora modelos de progreso tecnológico, pero no garantiza que este continúe de forma exponencial. [7]

Por eso no daría por hecho que el viaje fuera en vano. Una expedición podría aportar observaciones irrepetibles e incluso contribuir a los avances que después la superaran. Aun así, el valor colectivo del conocimiento no elimina el sacrificio de quien parte. ¿Cuánto de una vida aceptaríamos entregar a una posibilidad? Poder volver al mismo planeta no significa poder regresar a la vida que dejamos.

Esa distancia también me perturba: compartir el universo y seguir viviendo separados. Encontrar otra civilización quizá aliviaría la soledad, aunque dejara pendientes muchas preguntas sobre el encuentro. Y si estuviéramos solos, nuestra existencia no tendría por qué ser un error: quizá nos correspondería cuidar algo extraordinariamente frágil. Me asusta esa responsabilidad. Sigo deseando que haya alguien más, pero quisiera que la búsqueda nos ayudara también a valorar a quienes ya tenemos cerca.