La transformación tecnológica plantea una revisión necesaria de la educación. La escuela, la universidad y la Formación Profesional deben preparar para un entorno en el que cambian las herramientas, las formas de trabajar y el acceso a la información. Esa revisión alcanza a los contenidos, a los métodos de enseñanza y a la manera de evaluar el aprendizaje.

El criterio para actualizar debería ser la capacidad de comprender, aplicar conocimientos y tomar decisiones con autonomía. Incorporar herramientas nuevas puede contribuir a ese objetivo, mientras que conservar determinados fundamentos permite utilizarlas con criterio. La dificultad está en decidir qué necesita continuidad, qué conviene renovar y cómo comprobar el resultado.

En España ya existen cambios normativos. El currículo de ESO de 2022 incorpora la competencia digital, el pensamiento computacional, la evaluación de información y la protección de datos, además de materias tecnológicas. También contempla proyectos y resolución colaborativa de problemas. [1] La existencia de esas disposiciones exige examinar cómo se traducen en las aulas y qué aprendizajes producen.

La antigüedad de un contenido resulta insuficiente para decidir su valor educativo. Comprender un texto, expresarse con claridad, razonar con números y conocer la historia siguen siendo capacidades relevantes. La selección del currículo debería atender a lo que cada conocimiento aporta, al tiempo que requiere y a la forma de enseñarlo.

La casa de Bernarda Alba permite plantear ese debate. La obra de Federico García Lorca, escrita en 1936, presenta conflictos de autoridad, apariencia social y libertad de las mujeres. [2] Puede servir para analizar cuestiones que conservan interés y para comprender el contexto en el que fueron representadas.

Su enseñanza debería permitir interpretar las decisiones de los personajes, discutir los conflictos y justificar una lectura mediante el propio texto. También resulta razonable que los clásicos convivan con obras contemporáneas y que se revise su selección. Conservar una obra en el currículo exige explicar qué aporta; renovarlo requiere argumentos sobre qué se gana con el cambio.

La memoria merece una consideración similar. Recordar conocimientos permite relacionarlos y utilizarlos. Una evaluación centrada en reproducir explicaciones ofrece, sin embargo, información limitada sobre su comprensión. Las actividades deberían comprobar también si el alumnado puede interpretar, aplicar y revisar lo aprendido.

La tecnología hace más visible esta cuestión. Una calculadora resuelve operaciones, un programa organiza datos y una inteligencia artificial puede redactar textos. La guía de UNESCO sobre IA generativa mantiene la importancia de la lectura, el cálculo y los conocimientos científicos para utilizar esas herramientas con criterio. [3] Es una orientación educativa que sitúa los fundamentos dentro de la actualización.

Comprender los porcentajes permite valorar un resultado calculado automáticamente. La lectura y los conocimientos sobre un tema ayudan a comprobar un texto generado por IA. La enseñanza debería desarrollar esas capacidades y revisar cuánto ejercicio repetitivo sigue siendo útil una vez comprendido un procedimiento.

La investigación ofrece ejemplos de la diferencia entre completar una tarea y aprender. Un ensayo publicado en 2025 estudió a casi mil alumnos de secundaria de un instituto de Turquía. Quienes utilizaron un chat basado en GPT-4 mejoraron durante la práctica asistida, pero obtuvieron notas un 17 % inferiores a las del grupo de control en el examen posterior sin herramientas. Un tutor diseñado para orientar con pistas y materiales preparados por docentes mitigó ese perjuicio, aunque no demostró una mejora en el examen autónomo. [4]

El resultado corresponde a matemáticas, un centro y una intervención breve. Otro ensayo, con 194 universitarios de Harvard y dos lecciones de física, encontró mejores resultados inmediatos con un tutor de IA preparado específicamente para enseñar esos contenidos, comparado con una clase de aprendizaje activo. Tampoco establece una ventaja duradera o válida para todas las materias. [5] La evidencia aconseja evaluar cada uso por su diseño y sus resultados.

Las actividades con tecnología deberían responder a objetivos definidos: comparar respuestas, detectar errores, verificar fuentes o explicar procedimientos. También conviene conservar tareas que permitan comprobar la comprensión sin esas ayudas. La capacidad de trabajar con una herramienta y la de razonar de manera autónoma merecen atención en la evaluación.

Una nota del cero al diez resume una valoración, pero su utilidad depende de lo que se haya medido. Interesa conocer si el estudiante comprende, si puede justificar sus decisiones y si sabe trasladar lo aprendido a un problema diferente.

La evaluación debería combinar instrumentos adecuados a cada materia: pruebas individuales, proyectos, prácticas y explicaciones orales. Un trabajo elaborado con herramientas puede acompañarse de una defensa de sus decisiones. Una respuesta correcta puede dar paso a una modificación del problema o a la búsqueda de un error. Estas actividades permiten plantear exigencias de comprensión y aplicación.

Los trabajos requieren también propósito y retroalimentación. Su extensión o presentación no garantizan por sí solas un aprendizaje mayor. La introducción de nuevas actividades debe acompañarse de planificación y tiempo para valorarlas de una forma que ayude al alumnado a mejorar.

Las prioridades varían entre etapas. La educación escolar debería proporcionar una base amplia para continuar aprendiendo y participar en la sociedad. Esa formación incluye conocimientos científicos y tecnológicos, junto con capacidades lingüísticas, humanísticas y sociales.

En la universidad, la actualización debería reforzar la relación entre fundamentos, investigación y aplicación. La normativa ya contempla prácticas académicas externas y una Mención Dual que combina formación universitaria con una entidad colaboradora. [6] Su aportación debe valorarse en cada titulación y en relación con los conocimientos que se estudian.

Revisar materiales, incorporar problemas actuales y facilitar proyectos o trabajo en laboratorios puede contribuir a esa conexión. También debe preservarse la profundidad que permite comprender una disciplina. La formación ha de proporcionar una base que conserve utilidad cuando un programa o una herramienta sean sustituidos.

En FP, la relación con procedimientos, equipos y entornos profesionales actuales resulta especialmente importante. La reforma de 2022 establece el carácter dual de los ciclos y distribuye formación entre centro y empresa. La propia ley exige coordinación y tutoría, y dispone que el alumnado no sustituya funciones de trabajadores. [7] Su valoración requiere atender a la calidad de la formación que se ofrece.

La estancia en la empresa debería permitir aprender, recibir orientación y comprender los procedimientos. El contacto con un entorno profesional tiene mayor valor educativo cuando ayuda a desarrollar capacidades transferibles a otros equipos, puestos y situaciones.

Una renovación sostenida exige formación, recursos y tiempo para el profesorado. Los cambios en contenidos, actividades y evaluación deben acompañarse de condiciones que permitan llevarlos al aula. También corresponde examinar los equipos disponibles, el apoyo que recibe el alumnado y la accesibilidad de las propuestas.

El debate educativo debería exigir razones para conservar y para cambiar. La continuidad merece revisarse cuando pierde su finalidad; la innovación necesita demostrar qué mejora. Una educación actualizada debería permitir que el alumnado termine sus estudios con conocimientos propios, capacidad para utilizarlos y criterio para seguir aprendiendo en un entorno que continuará transformándose.